Normalizando la teta

La calle ¿qué? Si siempre se dice que se empieza por casa, hoy, después de una
primera lactancia de 2 años y 10 meses y otra que recién comienza, me doy cuenta
que normalizamos la teta cuando:
1. En casa marido e hija se acostumbran a verme cómoda amamantando y noto en
sus gestos naturalidad.
2. Marido e hija se sienten cómodos también con gente ajena a nosotros. Yo
amamanto frente a otros y mi hija y esposo se sienten como en casa (estemos
donde estemos).
3. Cuando amigos y familia cercanos nos visitan sabiendo que al llegar a casa se
encontrarán con 2 perros que se les sentarán encima, con unos cuadros coloridos
colgados de la pared y con una mujer amamantando; y todo está ok.
4. Al salir a la calle, como familia y que cualquier lugar y hora estén ok para dar la
teta.
5. Cuando, como familia, no pensamos en dar la teta y sólo la damos.
Estando en el 2018 y no teniendo duda de que es lo mejor que podemos hacer por
nuestrxs hijxs y nosotrxs, como seres humanos individuales, como familia y como
sociedad, es momento de gritar a coro:
AL QUE NO LE GUSTE QUE NO MIRE.

Buen provecho.

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“Tengo mis principios y si no te gustan, tengo otros”

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Antes de ser mamá me molestaban lxs nenxs que gritaban y hacían quilombo; después de convertirme en mamá me siguen molestando pero también me convertí en un ser (un poquiiiiiiiiito) más tolerante que entiende que son nenxs.

Cuando nació mi primera hija quería asesinar a todo el que me cuestionaba cuánto tiempo amamantaría o por qué seguía amamantando.
Con el tiempo, y al nacimiento de mi segundo hijo, elegí entender que los comentarios hablan más de ellos que de mí. Elegí cambiar la ira por el compartir info, y trato (trato trato trato trato) de que así sea.

Cuando me encontré con otras mamás, que al igual que yo, necesitaron apoyo, una palabra, una palmadita, hice lo que me gustó que hicieran conmigo. Honré a esas amigas ENORMES que tuve cerca compartiendo los mismos abrazos e info que ellas me compartieron, esperando nada más que su bien, y soñando con que ellas hicieran lo mismo algún día.

No puedo negar que me enojé (muchas veces en silencio) cuando me cuestionaron los pañales de tela, los pañales desechables, el tiempo extendido de teta, la comida casera, pero con el tiempo entendí que esos cuestionamientos no hicieron más que afianzar nuestras decisiones como familia.

Que nunca tendría hijos. Que no tendría un segundo hijo. Que nunca me casaría. Que no me ataría a un crédito. Que nunca usaría jeans. Que jamás volvería a comer carne. ¿Besos en la boca a mis hijos? Jamás. ¿Comerme los restos de comida babeada? Obvio no.
Tiré tantas primeras piedras que ya perdí la cuenta.

Antes lo veía como un cambio de principios, hoy, después de mucho, creo que más bien es el principio del cambio, que para mí comenzó a mis 32.
Y desde entonces lo único rotundo que quiero que exista en mi vida es la seguridad de saber que todo “no” podría ser un “sí” y todo “sí” un “no”.
¿No?